Sustituto

Te despertaste, con el sol apenas asomándose en tu ventana. Hacía un tiempo que habías adquirido esa manía, quizá producto de un insomnio que de apoco se iba apoderando de tu persona desgastada. Tu dormida siempre parecía mantenerse débil, y desde hace unos días dejaste de soñar. Solo recostabas tu cabeza en la almohada, y te sumías en esa oscuridad que parecía acompañarte, no solo al dormir, sino también al vivir.

Como parte de tu rutina, arrastraste tus pies en silenciosos pasos hasta el comedor. Mantuviste tus ojos adormilados paseándose por la barra de la cocina, preguntándote qué de todo tomarías esa mañana, pero sabiendo muy bien dentro de ti que, no importa lo que escogieras, todo quemaría de igual forma tu garganta. No te sentías con ánimos ese día, algo ya común en ti, y te decidiste por un martini. Lo vertiste en una copa que ya tenías sobre la barra, porque tenías la rara costumbre de dejarla preparada desde el día anterior. Meciste con suavidad la bebida en tu copa, como si buscaras alguna manera de que te gustara el alcohol, y tras unos segundos de hallar el valor, colocaste el envase en tus labios. Diste un diminuto sorbo, y al más mínimo contacto con tu lengua, comprimiste tus ojos con presión.

A pesar de que ya iba casi un mes, no te acostumbrabas al ardor que surgía en tu garganta al probar hasta la más suave bebida alcohólica. Y por un momento te sentiste ridícula; ¿qué hacías actuando tan imprudentemente? ¿por qué te obligabas a hacer todo aquello que te disgustaba? Sabías bien la respuesta, pero te parecía tan estúpida que, en ocasiones como estas, te negabas a aceptarla. Terminaste por girarte en el taburete en el que estabas sentada, porque le dabas la espalda a tu desierta sala y querías verla. Querías ver sus colores pálidos, el vacío que se depositaba en ella desde aquel terrible día hacía un mes. Eras masoquista, cada mañana te dedicabas a recordar su partida, y aunque dolía, era tu manera de recordarle, y te sentías desgarradoramente bien con eso.

Comenzaste a buscar el encendedor en los bolsillos que no tenías, y estabas a un paso de levantarte de tu asiento para buscarle en las gavetas de tu gabinete, cuando escuchaste el crujir de la puerta de tu habitación sonar. Viste una nueva silueta, media desnuda. Llevaba la sábana atada a su cintura, por lo que su torso quedaba al descubierto. Te parecía un torso apetecible, estaba bien formado y el tatuaje que salía desde su pectoral y cubría su brazo era sin duda atractivo. Notaste como, en medio de su somnolencia, te dedicó una bonita sonrisa, y aunque sentías tus comisuras lánguidas y no tenías fuerzas para fingir, sonreíste de vuelta. Caminó hasta ti, te lanzó un “buenos días” con su voz ronca, y pasó su mano por tus mechones revueltos. Fue entonces cuando reparaste que no te preocupabas por tu imagen delante de él, y en parte tal cosa te hizo sentir bien. Te habías afanado tanto por mantener tu buena impresión delante de aquel, que olvidaste lo bien que se sentía bajar la guardia, y ser aceptada al natural.

Correspondiste el “buenos días” mientras le veías adentrarse a tu cocina. No tenías idea de lo que hacía, pero se lo permitiste, porque ya en esas últimas dos semanas se había ganado cierta confianza. Abrió la gaveta, y tras hallar cierta cosa, volvió a ti. Sonreíste al ver un cigarro en su boca, y ver cómo pretendía colocar uno en la tuya también. Y una vez más, se lo permitiste. Su rostro se acercó demás al tuyo, dejando el encendedor en medio de ti y de él, y encendió ambos cigarros a la vez. Permanecieron en silencio; él te veía a ti y tú le veías a él.

Sabías que era imposible olvidar años en semanas. Que estabas condenada a querer a aquel infeliz; que ni el alcohol, ni el cigarro, ni un torso desnudo tatuado te haría superarle; que la sala seguiría viéndose desierta hasta que él nuevamente se encontrara en tus muebles, y que el vacío que encontrabas en tus paredes, era solo producto del vacío que se impregnaba en tu alma. Pero eras terca y reacia, y siendo consciente de todo eso, besaste al hombre que estaba delante de ti. No te sentó mal; era bárbaramente bueno en hacerte sentir bien. Sentiste sus brazos acapararte el cuerpo, y por alguna razón te estremeciste. ¿Por qué, si no era la primera vez que lo hacía? Y es que amabas a otro hombre, le añorabas, pero fascinabas ser amada. Y, otro día más, por quien no querías te dejaste amar.

Eras otoño

Siempre me gustó compararte con el otoño. Quizás porque siempre que te veía parecías estar fundida con el manso viento, o quizás porque tu mente estaba fiel a su compás, arrastrada y guiada por la errante brisa que solapaba tus más estrepitosos pensamientos.

Eras sutil. Exasperante y calmosa. Tu paz se ahogaba en tus pupilas, y tu mirada solo exponía miles y miles de secretos indescifrables, aquellos que se batallaban en tu interior. Mas tu boca siempre se mantenía cerrada, con sus comisuras inmóviles o, en todo caso, lánguidamente elevadas.

Provocabas nostalgia, hasta un poco de melancolía. Tu mero silencio era conmovedor; tu presencia, sencilla y alucinante, enternecía. Podías ser contemplada y admirada de todas las maneras posibles, como Mona Lisa prodigiosa y misteriosa. Eras un arte tan magnificente como callado.

Y al emitir tu voz, cargada de monotonía y desamparo, te tornabas de colores pálidos y exorbitantes. Cobrabas una especie de vida inerte. Pero era imposible no deleitarse al escucharte; hablabas armónicamente, convirtiendo cada letra en una nueva melodía. Eras música, suave y rigurosa. Eras piano, eras violín, eras clarinete y hasta saxofón.

Daba miedo tocarte. Daba miedo confirmar que no estabas allí, justo donde aparentabas estar. Aterraba confirmar que tu cuerpo y osamenta estaban en Tierra, pero tu alma estaría divagando en lo recóndito e inalcanzable.

Tus piezas iban cayendo. Te ibas desmembrando como hojas secas en rastro de muerte y desesperanza. Eras el árbol que gritaba por salvación, el que mostraba su aflicción en lo imperceptible. El que se delataba entre colores café. El que añoraba vida y se le negó. Eras el otoño eterno, ese que enamora a través de su desgracia. Un paisaje injusto: fascinante y taciturno.

Eras fe asfixiada, clamor ignorado. Tu piel, tus retinas, tu música y tus hojas despedazadas pedían socorro, y todo se refugiaba bajo un mismo cuerpo: en tu físico artístico e inquebrantable.

Te disolvías ante el mundo entero, que era ciego e indigno. Tu existencia o ausencia no era reparada; aún en tus más vivos momentos, tu ser parecía tratarse de una simple e invisible silueta. Nunca estabas, no del todo. Permitías ser vista, pero jamás notada. Eras un fantasma que solo su manto dejaba ver.

Siempre me gustó compararte con el otoño. Porque el viento rizaba tus oscuras hebras. Porque el aliento y el desaliento combatían en tu espíritu. Porque la vida y la muerte se impregnaban en tu esencia. Porque eras emocional y entumecida. Amé compararte con el otoño porque eras tan bella y miserable como él.