Eras otoño

Siempre me gustó compararte con el otoño. Quizás porque siempre que te veía parecías estar fundida con el manso viento, o quizás porque tu mente estaba fiel a su compás, arrastrada y guiada por la errante brisa que solapaba tus más estrepitosos pensamientos.

Eras sutil. Exasperante y calmosa. Tu paz se ahogaba en tus pupilas, y tu mirada solo exponía miles y miles de secretos indescifrables, aquellos que se batallaban en tu interior. Mas tu boca siempre se mantenía cerrada, con sus comisuras inmóviles o, en todo caso, lánguidamente elevadas.

Provocabas nostalgia, hasta un poco de melancolía. Tu mero silencio era conmovedor; tu presencia, sencilla y alucinante, enternecía. Podías ser contemplada y admirada de todas las maneras posibles, como Mona Lisa prodigiosa y misteriosa. Eras un arte tan magnificente como callado.

Y al emitir tu voz, cargada de monotonía y desamparo, te tornabas de colores pálidos y exorbitantes. Cobrabas una especie de vida inerte. Pero era imposible no deleitarse al escucharte; hablabas armónicamente, convirtiendo cada letra en una nueva melodía. Eras música, suave y rigurosa. Eras piano, eras violín, eras clarinete y hasta saxofón.

Daba miedo tocarte. Daba miedo confirmar que no estabas allí, justo donde aparentabas estar. Aterraba confirmar que tu cuerpo y osamenta estaban en Tierra, pero tu alma estaría divagando en lo recóndito e inalcanzable.

Tus piezas iban cayendo. Te ibas desmembrando como hojas secas en rastro de muerte y desesperanza. Eras el árbol que gritaba por salvación, el que mostraba su aflicción en lo imperceptible. El que se delataba entre colores café. El que añoraba vida y se le negó. Eras el otoño eterno, ese que enamora a través de su desgracia. Un paisaje injusto: fascinante y taciturno.

Eras fe asfixiada, clamor ignorado. Tu piel, tus retinas, tu música y tus hojas despedazadas pedían socorro, y todo se refugiaba bajo un mismo cuerpo: en tu físico artístico e inquebrantable.

Te disolvías ante el mundo entero, que era ciego e indigno. Tu existencia o ausencia no era reparada; aún en tus más vivos momentos, tu ser parecía tratarse de una simple e invisible silueta. Nunca estabas, no del todo. Permitías ser vista, pero jamás notada. Eras un fantasma que solo su manto dejaba ver.

Siempre me gustó compararte con el otoño. Porque el viento rizaba tus oscuras hebras. Porque el aliento y el desaliento combatían en tu espíritu. Porque la vida y la muerte se impregnaban en tu esencia. Porque eras emocional y entumecida. Amé compararte con el otoño porque eras tan bella y miserable como él.

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